El señor Lira, nuestro impresor
Sólo contábamos con setecientos cincuenta pesos para imprimir el primer número de Con Palabras Propias y nos hacía falta un impresor. La idea de sacar ese primer número la compartía únicamente con tres personas, sus gestores: Rosalba Carrillo en su diseño, Fernando Velasco y Daniel Guzmán, como correctores y coeditores conmigo. Su colaboración siempre fue retribuida con la medianía de mi bolsillo, pero era mezclada y potenciada con su caudaloso ingenio, su fraternidad y compromiso por hacer esta publicación; era el inicio, y esa raquítica suma de dinero era el “capital” que me quedaba para imprimir 500 ejemplares.
Los presupuestos que nos daban varias imprentas sobrepasaban en mucho nuestras posibilidades; a pesar de ello, insistimos. Buscamos entre las más modestas imprentas, alguna habría anhelante por tener clientes… pero no por ese precio. Cansados, nos dirigimos a las fotocopiadoras aledañas a CU, donde se imprimen tesis al minuto; pero nos desanimaba que era muy baja la calidad y desmerecía el máster diseñado y corregido que llevábamos en un fólder.
Cuando estábamos Fernando y yo a punto de cerrar el trato en uno de esos lugares, se nos ocurrió consultarlo con Rosalba. Era una tarde lluviosa y, desde un teléfono público, ella nos lo impidió: “Vénganse conmigo”, nos dijo. Había conocido a un impresor, el señor Lira, en la colonia Doctores, al que le platicó de mi penuria como editor. Al señor Lira le pareció extraño saber sobre esa pretendida revista por una razón especial que, con sólo una pregunta, le confió a Rosalba: “¿Se trata de una revista escrita por y para profesores en servicio? Me gustaría verla”. Y corrimos a esa imprenta.
El señor Lira revisó el documento, lo examinó detenidamente y volteó la mirada hacia los residuos de papel en rollo que había en su local; calculó en voz baja el gasto en negativos, repasando hoja por hoja nuestro máster… y aceptó imprimirla, quizá sopesando el valor y la naturaleza del esfuerzo de sus autores, al ver los nombres que firmaban cada escrito. Recibió el dinero y procedió a trabajar con sus operarios, dos o tres muchachos que lo veían a él, también, como su maestro.
Todos los números de la revista los imprimió el señor Lira, un hombre mayor, en su noble y humilde local. Aún existe la imprenta en la que, hay que decirlo, no sólo su bondad nos acunó, sino también el enorme respeto que silenciosamente nos dio a entender. Sin decir ni una palabra, con su imprenta nos estaba ayudando a dar voz a todos los maestros que escribieron las páginas de Con Palabras Propias; un hombre generoso y probablemente enamorado, por su formación desde niño, del trabajo de quienes damos clase.
Nos enseñó a comprar el mejor papel que se vendía en las bodegas de rezago editorial por las calles de Isabel La Católica, a precio verdaderamente barato, y nos orientó todavía más cuando con el monto del estímulo Edmundo Valadés que le fue otorgado a la revista invertimos en un nuevo diseño y formato, nos recomendó utilizar papel satinado pero opaco para leerse mejor, sin que por ello se incrementara el costo en lo más mínimo.
El acto de presentar la revista a sus autores
Como se explica en la presentación de esta página, los textos escritos por los profesores en servicio devienen de sus reflexiones dentro de los cursos del CAM CM. Hemos descrito ya cómo se redactaban y se valoraban los textos dignos de ser publicados. Pero, en mi calidad de conductor de esos cursos, nunca les dije a los profesores que pretendía formar con sus textos una revista.
Pensé que presentarles ya impreso y en forma el primer número tendría mayor impacto en su entusiasmo por escribir. En el equipo de edición coincidimos en hacer una presentación formal y muy organizada para lograr que la revista circulara rápidamente en los planteles donde los maestros trabajaban. Empacamos los quinientos ejemplares del primer número en bolsas de plástico transparente, en juegos de cinco ejemplares, de modo que llegamos un sábado del mes de junio de 1995 con cien paquetes de Con Palabras Propias.
A las diez de la mañana interrumpí mis clases en los grupos que atendía e invitamos a los ciento veinte profesores a la sala “Revolución”, que está en la planta baja de la DGNAM.
Esta sala, dedicada a clases de cómputo, es la más amplia; tenía treinta escritorios, cada uno con un CPU con su monitor, y en cada mesa tres sillas, de modo que había espacio para cien personas sentadas, y otras más acomodadas al fondo, en sillas sueltas. Al frente del salón, en el espacio reservado al conductor de clase, colocamos una mesa a manera de presídium y nos sentamos Rosalba, Daniel, Fernando y yo de cara al grupo. Empezamos por alabar el buen trabajo de los maestros como redactores al exponer sus ideas derivadas del trabajo en clase. Benito, mi asistente, que en aquel entonces aún no era diseñador, tenía al lado, en una mesa, los cien paquetes de cinco ejemplares cada uno para repartirlos.
Cuando presenté un ejemplar, pasando frente a todos sus páginas, y expliqué que cada quien podía llevarse un paquete para compartirlo con cuatro compañeros de su plantel y quedarse con un ejemplar y que, si querían cooperar para costear la siguiente impresión, podían hacerlo la siguiente semana, con donativos que no pasaran de cincuenta pesos, esperábamos por lo menos un aplauso. Pero nadie habló. Hubo en la sala un silencio absoluto.
De pronto, una profesora se puso de pie y, palabras más palabras menos, nos interpeló casi a gritos: “¿Hasta cuándo van a dejar de explotar nuestro trabajo para enriquecerse a costa nuestra?”. En su apasionada increpación, abundó en la difícil tarea del maestro y lo escaso de su salario, en los abusos constantes de los que son víctimas, en el esfuerzo por actualizarse para —no recuerdo si lo dijo, pero sí lo dio entender— que llegáramos nosotros, unos vivales más en su camino.
Ante mi asombro, Rosalba, Fernando y Daniel se pusieron de pie para negarlo y refutar la acusación, planteando las penurias y esfuerzos que se habían hecho para editar e imprimir la revista. Se desató un barrunto de observaciones, como si cada uno de los profesores hablara consigo mismo o porque todos discutían la situación en corto con sus compañeros de al lado, que resultó casi un escándalo. Yo permanecí sin hablar, los observaba, les pedí a mis compañeros de mesa que tomaran asiento y no prosiguieran la discusión. Quizá mi petición fue aquilatada, porque mi actitud amainó sus voces y se hizo un silencio. Entonces me puse de pie y le expliqué a la profesora que nos hacía cargos infamantes. “Maestra”, le dije, “la invito a revisar las páginas de la revista, ninguna tiene anuncios comerciales ni los tendrá. Todas las revistas viven de sus ventas pero sobre todo de sus anunciantes y usted, y todos, podrán comprobar que esta publicación no trae ningún anuncio, ni siquiera está editada por la SEP ni a ninguna institución se le da crédito. Esta es una edición independiente, autofinanciable, sin afán de lucro; en su página legal se señala que es gratuita y que sirve para darles voz a ustedes, porque no hay un foro donde puedan expresar libremente sus ideas sobre su práctica diaria en clase. El objetivo es compartir con todos esos maestros que ni siquiera saben que existe el CAM CM para se animen a venir a estos cursos que, eso sí, la SEP ofrece gratuitamente a través del CAM CM y con ello les permite en cada sesión sabatina, al intercambiar experiencias con sus iguales, reflexionar sobre su práctica docente, para mejorarla o innovar”.
“Dado que tiene ese sentido”, continué, “no hay ni habrá afán de lucro en esto, pero sí la imperiosa necesidad de alimentar sus páginas con sus textos, que mis compañeros me ayudarán a revisar para dar forma a una publicación apetecible para cualquier lector”. Dicho esto, aproveché para presentar a Rosalba, quien fue la más vociferante al refutar a la profesora que habló, a Daniel y, claro, a Fernando.
Hubo un silencio, que interpreté como bondadoso de parte de los profesores, como cuando uno se siente apenado de haber caído en la maledicencia ante una verdad palpable y clara, máxime porque, mientras hablaba, Benito corrió a poner los ejemplares en sus manos, que revisaron sin hablar. Creo yo que entonces brotó el asombro y el cariño entre iguales, cosa tan difícil en el ámbito magisterial.
Todos tomaron su paquete y, al salir de este extraño acto, fuimos acosados en forma amable por los profesores, que expresaban el asombro de ver sus textos editados con esmero.
De esta dura y gran experiencia se pueden sacar muchas conclusiones; quizá la más importante es que los profesores siempre están en desventaja, por lo que es natural que reaccionen con desconfianza, a veces hasta de manera violenta; pero esto sirvió para redoblar nuestro esfuerzo y provocar el entusiasmo en los profesores y la admiración por su revista, Con Palabras Propias.
Una justa búsqueda del reconocimiento a su trabajo
Al presentar el tercer número de la revista, un hecho curioso nos reveló que se había despertado entre los profesores el ánimo de valorar su propio esfuerzo.
Sucedió en un modesto acto de presentación, ahora en el amplio auditorio de la Escuela Secundaria Anexa, sobre la calle de Ribera de San Cosme.
Ya repartidos los ejemplares, en paquetes de cinco, una maestra pidió la palabra para informarnos de un descubrimiento. Se puso de pie y habló dando la cara a sus compañeros: “Compañeros, yo nada más llevo una colaboración publicada, pero no me quedé sólo con el gusto de ver impreso mi artículo, sino que fui a la Comisión Nacional Mixta de Escalafón, y de plano pedí hablar sobre nuestra revista. Me pidieron verla, les llevé un ejemplar, lo revisaron y me preguntaron si podían quedarse con él. También pidieron dos fotocopias de mi texto, que ahí mismo hicieron, y me sellaron una. Llene un formulario porque, asómbrense, dan dos puntos escalafonarios por trabajo publicado, así que vayan, porque, parece increíble, pero sí reconocen el esfuerzo que cada uno hace para salir publicado en la revista”.
Hubo aplausos, pero el que más asombrado quedó con esta intervención fue el profesor Cuauhtémoc Urueta, en aquel entonces director del CAM DF, que estaba entre el público.
Ahora que la revista se encuentra en esta página electrónica, nos gustaría tener noticia de los profesores que siguieron la recomendación de esta entusiasta compañera, que emprendió una justa búsqueda de reconocimiento a su trabajo.
Atrás había quedado la desconfianza, ahora emergía la sana costumbre entre los profesores de considerar esta publicación un verdadero foro del magisterio, al margen de las instituciones, pero respetado por ellas. Fue un momento de alegría general.
El fax que recibió la dirección del CAM CM
Al salir a la circulación Con Palabras Propias, el diario Excélsior, en su Sección B, dio noticia puntual del hecho.
La nota debió ser leída en la Subsecretaría de Educación Básica porque de manera inmediata remitieron a la profesora Yolanda Campos, en ese momento directora del CAM CM, un fax que reproducía ese artículo debidamente escaneado y que en una hoja en blanco traía adjunta, con marcador negro, la misiva más elocuente que se ha emitido quizá en toda la historia de esa dependencia: un signo de interrogación “?”. Eso era todo el texto.
Muy preocupada, la maestra Campos me citó a su privado y me lo mostró molesta; con angustia exigió que le diera una respuesta para enviarla de inmediato, supongo que también por fax. En el acto le dicté un mensaje tan breve como claro: un signo de admiración “!”.
Ignoro si la maestra Campos respondió como le dije, pero estoy convencido de que, si lo hizo, el efecto fue contundente y claro. Esta anécdota tuvo su continuación más adelante.
La distribución de la revista
La revista fue registrada oficialmente ante la Secretaría de Gobernación y le fue otorgada la licencia respectiva. A partir del número tres venía ya consignada en su página legal la validación ante el gobierno, de modo que podía circular con licitud en la forma en que los editores consideráramos mas adecuada.
Pero desde su creación decidimos que debía circular de mano en mano, en el ambiente magisterial. De ahí la idea de que tenía que ser gratuita en función de que cada profesor que quisiera distribuirla podía canjear cuatro ejemplares de un paquete de cinco por una cooperación voluntaria, que no debía exceder de diez pesos. Ese dinero reunido serviría para el pago de los salarios de los redactores y, sobre todo, para comprar tinta, papel y pagar al impresor.
Algunos de los profesores nos pagaban el monto total de los cinco ejemplares, pero la mayoría prefería, en vez de pedir donativos, obsequiar los ejemplares a los profesores verdaderamente interesados en leerla.
Como dato curioso, ninguno de los integrantes del área de Español ofreció nunca algún donativo a cambio de los ejemplares que recibía.
Por esta razón no llevamos un registro de ingresos; se captaba poco de dinero y siempre a modo de cooperación, así que los gastos corrían por mi cuenta, como director de la publicación. Pudimos salir con todos los gastos porque el resto lo cubría a título personal.
Al recibir el estímulo del premio Edmundo Valadés incluimos la página promocional de Conaculta para cumplir nuestro compromiso con esa institución, y pudimos pagar mejor papel en forros e interiores, una tinta de color en la portada, además de un nuevo diseño, que hizo Roberto De la Torre.
Escalamos las máquinas de cómputo, compramos nuevo software, para darle mejor presentación. Se adquirió una impresora de mayor calidad y un escáner tamaño oficio para trabajar la inserción de las ilustraciones.
Pudimos observar, por la correspondencia, que la revista interesaba a profesores de provincia y que la solicitaban al leer las notas de prensa que daban noticia de su publicación, pues una de nuestras tareas era enviarla a la redacción de los periódicos para avisar de su existencia. A quienes por carta la solicitaron se la enviamos por correo sin costo alguno.
La inquietud del SNTE por parte de Elba Esther Gordillo
Un buen día recibimos una llamada telefónica del Lic. Héctor Villarreal B., quien a nombre de la senadora (en aquel entonces) Elba Esther Gordillo nos solicitaba un ejemplar de la revista. Tomamos nota y dirección de la solicitud y, como se puede leer en la carta sellada y firmada de recibida en sus oficinas del Senado de la República, se le envió el ejemplar solicitado. En el mismo señalamos la forma en que podía cooperar con el monto simbólico de recuperación; pero nunca contestó, mucho menos envió su donativo. Puede consultarse esa carta en el espacio de anexos de esta página electrónica.
Un artículo escrito por once profesores tiene su historia
En el número 4 de la revista abordamos, entre otros, el tema ¿Qué leen los alumnos de la escuela secundaria?, y decidimos invitar a los profesores de los cursos del CAM CM para que escribieran su opinión sobre la nueva reforma de ese nivel escolar. La intención era publicar un buen ensayo, que presentara sus puntos de vista. Recibimos once textos de la misma cantidad de autores, los leímos con atención y concluimos que varios trataban aspectos relevantes, pero no había uno que incluyera todos.
Consideramos que se podrían tomar sólo esos aspectos y, para que no se repitieran, podíamos editar un solo escrito con los mejores fragmentos.
Daniel Guzmán Pelcastre y yo nos dimos a esa tarea que en verdad nos llevó varios días, porque era necesario darle uniformidad al cuerpo del texto para que pudiera leerse con facilidad.
Una vez que terminamos el texto convocamos a los once profesores explicándoles nuestro proceder e invitándolos a sancionar en una lectura colectiva del resultado si habíamos logrado respetar el parecer de cada uno. Así sucedió en un salón de la Escuela Nacional de Maestros, donde, todos presentes, aceptaron su publicación como de autoría colectiva.
Daniel comentaba jocosamente que se había logrado un prodigio a la manera de The Beatles, que invitados para cantar en representación del Reino Unido durante la primera transmisión mundial vía satélite, a sugerencia de su manager habían unido partes breves de diferentes piezas musicales para presentar una creación de todos. Creo que la canción fue All you need is love.
La revista como tema de tesis en la UNAM, sobre su forma de autogestión administrativa
Un día de 1997 el Dr. Héctor Morán me llamó. Había puesto en la antesala de su consultorio algún ejemplar de Con Palabras Propias y una persona quería platicar conmigo sobre la revista. Era la Dra. Jurado, jefa del departamento de titulación de la Facultad de Contaduría y Administración, a quien le llamó la atención la forma en que la revista podía autogestionarse en lo administrativo. Solicitó mi autorización para que una pasante de esa carrera pudiera analizar cómo se podría administrar la revista de manera más ágil, considerando su gratuidad y el pago de los que trabajábamos en su edición e impresión. Cuando lo comuniqué a la mesa de redacción, la respuesta fue que “desde luego”. A partir de esa fecha se acercó a nuestra mesa de trabajo María Carmen Acosta Campos, quien desde el primer momento se manifestó entusiasmada.
En 1998, María Carmen defendió y aprobó su examen profesional con la tesis “Propuesta de manuales administrativos para una microempresa de la industria editorial”. Tenemos un ejemplar y guardamos para ella un enorme agradecimiento por su esfuerzo. Además, nos dio nombre: “microempresa de la industria editorial”. Leerla es interesante, porque ella vio la parte noble de nuestro empeño.
